El fragmento debe ser como una pequeña obra de arte, aislado de su alrededor y completo en sí mismo, como un erizo -- Friedrich Schlegel --

BÚSQUEDA EN EL BLOG

domingo, 17 de septiembre de 2017

Optimismo y pesimismo

   En el universo existe un planeta en el que todas las personas nacerán por segunda vez. Tendrán entonces plena conciencia de la vida que llevaron en la tierra, de todas las experiencias que allí adquirieron.
   Y existe quizás otro planeta en el que todos naceremos por tercera vez, con las experiencias de las dos vidas anteriores.
   Y quizás existan más y más planetas en lo que la humanidad nazca cada vez con un grado más (con una vida más) de madurez.
   Esta es la versión de Tomás del eterno retorno.
   Claro que nosotros, aquí, en la tierra (en el planeta número uno, en el planeta de la inexperiencia), sólo podemos imaginar muy confusamente lo que le ocurrirá al hombre en los siguientes planetas. ¿Sería más sabio? ¿Es acaso la madurez algo que pueda ser alcanzado por el hombre? ¿Puede lograrla mediante la repetición?
   Sólo en la perspectiva de esta utopía pueden emplearse con plena justificación los conceptos de pesimismo y optimismo: optimista es aquel que cree que en el planeta número cinco la historia de la humanidad será ya menos sangrienta. Pesimista es aquel que no lo cree.

Milan Kundera: La insoportable levedad del ser, V, 17


jueves, 14 de septiembre de 2017

Las sombras de la noche

[ Toda criatura humana está destinada a constituir un profundo secreto y misterio para todas las otras. Es una consideración solemne que, cuando llego a una gran ciudad de noche, cada una de esas casas arracimadas lóbregamente encierra su propio secreto; que cada habitación en cada una de ellas encierra su propio secreto; que cada corazón palpitante en los centenares de millares de pechos que allí se esconden, es, en algunas de sus figuraciones, un secreto para el corazón más próximo, el que dormita y late a su lado. Y hay en todo ello algo atribuible al espanto ], algo de común con la muerte. No podré volver más las hojas de ese libro amado que esperaba leer hasta el fin; no sondearé más con la mirada esa agua profunda donde a la luz de los relámpagos vislumbré un tesoro. Estaba escrito que el libro se cerraría para siempre tan pronto como hubiera descifrado la primera hoja; estaba escrito que el agua en la que hundía mis ávidas miradas se cubriría con un hielo eterno en el momento en que la luz se reflejara en su superficie, y que me quedaría en la orilla, ignorando las riquezas que contenía. [ Mi amigo ha muerto, mi vecino ha muerto, mi amor, la niña de mi corazón, ha muerto: es la inexorable consolidación y perpetuación del secreto que siempre hubo en ellos ], como hay uno en mí que me llevaré a la tumba. [ En cualquiera de los cementerios de esta ciudad por la que paso, ¿hay durmiente para mí más inescrutable que sus atareados habitantes, en su individualidad más íntima, o de lo que lo soy yo para ellos? ]

Charles Dickens: Historia de dos ciudades, cap. 3.

Traducciones de: Javier Marías (Berta Isla. Madrid. Alfaguara, 2017, págs. 540-541 y 543 [entre corchetes]) + A. de la Pedraza (Madrid: Alba Editorial, 1999, pág. 24).

domingo, 23 de abril de 2017

Elogio de Montaigne

   


   Durante años, Michel de Montaigne (Burdeos, 1533-1592) ha sido, incluso en su país, un literato para los filósofos y un filósofo para los literatos, de esta manera nadie tenía que leerlo. Con el tiempo, ha terminado interesando a todo el mundo, lo reivindican los filósofos, lo alaban los críticos literarios, porque al fin y al cabo se trata de un filósofo con un gran estilo literario, ahí es nada.
   Montaigne es el primer gran biógrafo de sí mismo ("Me estudio a mí mismo más que cualquier otro asunto. Ésta es mi metafísica, ésta es mi física", III, XIII), y referencia obligada para comprender a Rousseau, a Proust, a Pla y en general a todos los cultivadores de la llamada literatura del yo.
   Montaigne da nombre a un género: el ensayo. No es que no existiera antes de él, es que nadie lo había cultivado de un modo tan particular. Sus predecesores son variados e interesantísimos: Platón, Plutarco, Séneca, Macrobio, Valerio Máximo o Aulo Gelio, a todos los reconoce como auténticos maestros, y todos practican esa mezcolanza tan propia del ensayo, que da lugar en nuestro siglo de oro a las misceláneas, y cuya influencia llega hasta los libros heterogéneos tan actuales; pero ya antes, en Inglaterra, nos conduce desde Francis Bacon, Samuel Johnson, Charles Lamb, William Hazlitt, Matthew Arnold y tantos otros hasta Robert Louis Stevenson, Oscar Wilde o Virginia Woolf. Todos están en deuda con el primero de los ensayistas.
   Montaigne es el primer pensador importante en lengua francesa, ya que abandona el latín como lengua de cultura para intentar acceder a un público más amplio, algo que después continuarán tras su estela Descartes o Pascal.
   Montaigne es un gran filósofo. Y no precisamente un "escéptico" como se ha dicho tantas veces, lo que ocurre es que ve el mismo problema desde distintos puntos de vista, y en el curso del tiempo puede defender ideas diversas dependiendo de sus lecturas y sus vivencias, eso no es escepticismo, es atención a las diferencias y los matices, y el reconocimiento de que no siempre pensamos lo mismo ni del mismo modo. Para Montaigne, todo se mezcla con todo, es imposible establecer verdades talladas en piedra, más bien hemos de buscarlas y hasta inventarlas, empezando por nosotros mismos, por ello es tan preciso estudiarnos, y ayudarnos para ello de los que se han estudiado antes a sí mismos.
   Montaigne es un maestro de sabiduría, a veces estoico y a veces epicureo, no cesa de citar a Séneca, pero defiende el placer porque está en nuestra naturaleza. Montaigne consuela como ningún otro autor, porque no intenta doblegar la realidad, sino comprenderla y pactar con ella.
   Por último, Montaigne es una referencia para Quevedo, Nietzsche, Flaubert, Azorín, Zweig y tantos otros que lo han leído y admirado. Tantas cabezas, tan elevadas y distintas, no pueden ir mal encaminadas.



   En España, y después de muchos siglos con ediciones mediocres o incompletas, contamos en la actualidad con al menos dos ediciones excelentes de la totalidad de los Ensayos, una de ellas bilingüe, además de con varias selecciones meritorias y hasta un buen número de monografías sobre el autor. Podría decirse que es incluso un éxito de ventas, no sabemos si también será leído, pero al menos ya está en las bibliotecas y en las librerías, entre libros, como el propio autor deseó vivir siempre, en la famosa torre de su castillo de Burdeos.



[23 de abril de 2017. Día del Libro] 

domingo, 19 de marzo de 2017

Coetzee y Platón


   Para el que según una parte importante de la crítica literaria es el mejor novelista en activo, J. M. Coetzee, Platón es un viejo referente. Le hizo un guiño indirecto en su novela-ensayo Elizabeth Costello al criticar la idea de que cualquier cosa, incluso los más horrendos crímenes, tienen cabida en una obra de ficción. Ese moralismo estético remite a la República, donde se expulsaba (más bien se invitaba a no entrar) a los pintores y se conminaba a los poetas a no dar falsas imágenes de los dioses como seres volubles y caprichosos, es decir, a no servir como vehículo de ideas falsas o engañosas. ¿Es lícito representar fielmente en una obra de ficción sucesos degradantes, horrendos, en el límite de lo soportable? No sabemos si la postura de Costello es exactamente la de Coetzee, pero en todo caso gracias a ambos comparece de nuevo una pregunta que no debería nunca abandonar los debates estéticos.
   La República a la que pertenece la ciudad de Novilla es imaginaria, en ella se habla español, y es el lugar de acogida, humanitaria pero fría, de todos aquellos que tras un viaje en barco a través del océano deciden dejar sus recuerdos atrás para iniciar una nueva vida. Con cierto automatismo, los ciudadanos cumplen de buen grado sus tareas, van al trabajo, cobran sus sueldos básicos, practican el vegetarianismo y desprecian la técnica. Han acallado la voz del cuerpo, los estibadores estudian filosofía y discuten en asambleas improvisadas todo tipo de cuestiones, siempre con la mejor voluntad. Hay mucha resistencia a cambiar las costumbres, como si las hubieran fijado largas discusiones encaminadas al bien general. 
   A esta ciudad llegan un "viejo" de unos cuarenta y cinco años y un niño de cinco buscando como todos una nueva vida pero también a la madre del niño, que perdieron de vista al embarcar. El hombre, llamado Simón, se ha hecho cargo del niño durante la travesía, y lo quiere tanto como si fuera su hijo; aun así lo entrega a una mujer ociosa llamada Inés, guiado por la intuición de que ella es su verdadera madre, idea que la gélida y virginal mujer hace suya con un coraje extraordinario y visceral. A partir de ahí formarán un trío extraño que gira alrededor del caprichoso, carismático niño Jesús, de nombre David por asignación (tras el viaje han perdido sus recuerdos concretos). El niño tiene el poder de arrastrar a todo el que trata con él, empezando por el padrino y su madre autoinducida, pero también otros niños y adultos, dispuestos a abandonar en muchos casos su vida corriente para seguirlo en su iluminada e infantil lucha contra un poder (sobre todo el escolar) que coarta su dislocada pero sugestiva visión del mundo. Su modelo en esta cruzada, con el que aprende a leer, es nada menos que Don Quijote.
   El simbolismo parece demasiado explícito: Platón y Jesús. La razón y la irracionalidad. El orden político y la religión... Pero Coetzee no es alegórico. Las alusiones son equívocas, en ese mundo ordenado pero decadente de Novilla circulan también el mal y el desinterés, se regula hasta la pasión sexual y se permiten desigualdades absurdas. El niño Jesús-David es un tiranuelo que exige la sumisión absoluta, practica la piedad hacia los seres más desvalidos y reparte un amor total aunque inconstante. Sus padres adoptivos se lo toman muy en serio, el viejo Simón le explica con pelos y señales la realidad del mundo, como si hablase con un adulto, y el niño acepta o rechaza no se sabe si con una sabiduría superior o desde la pura demencia. ¿Pero qué es la realidad? Un fruto de la memoria. Los recuerdos no se borran totalmente, la memoria inventa o se autoconvence de una fantasía mil veces repetida. Lo que interpretamos se mezcla con lo que vemos, lo que presentimos con lo que sabemos, y la realidad se vuelve cada vez más ambigua.
   Como novela, La infancia de Jesús despierta todo tipo de sensaciones estéticas y reflexiones filosóficas, no puede dejar indiferentes. A capítulos para enmarcar suceden conversaciones que uno tacharía de arriba abajo. "Desconcertante", dijo Guelbenzu en su crítica, quitándole no pocos lectores. No, no es desconcertante, sino impactante.

miércoles, 18 de enero de 2017

Animal y vegetal



   
   Entre los textos que trabajaba Musil para la continuación y conclusión de su novela El hombre sin atributos hay redacciones distintas de capítulos tanto definitivos como truncados, así como fragmentos que Musil no ve cómo continuar en el momento, y hasta tramas muy desarrolladas que no sabemos si han sido abandonadas o reservadas durante lustros (por ejemplo la historia Clarisse y Moosbrugger, no incluida en los anexos de la edición española, o el famoso capítulo "Viaje al paraíso", situado como colofón en ésta, de manera discutible). 
   Entrar a pescar en este mar revuelto tiene algo de aventurado. La relación de estos capítulos con una novela definitivamente inconclusa no puede aclararse, ya que en cuanto tal permanece en el misterio y lo seguirá siempre. Sin embargo, estos fragmentos, separados pero unidos al cuerpo de la novela inacabada, parecen órganos en la mesa de operaciones del Doctor Frankenstein, y en cuanto los estimulamos con un poco de electricidad se agitan y parecen vivir por sí mismos.
   Tomemos el ejemplo  de una distinción en la que trabajaba el autor durante los tres meses anteriores a su muerte, y que responde directamente nada menos que a la pregunta por el significado del título del libro. En el capítulo "Aliento de un día de verano" concede a los hermanos un estado contemplativo de la naturaleza mientras se hallan en compañía en el jardín de su casa, sin apenas conciencia del paso de las horas. Agathe recuerda las quejas contradictorias de los libros de los místicos que ha leído previamente: el corazón lleno y vacío de amor, no saber dónde se está ni querer saberlo... Como otros tantos pétalos de flores, penden de un tiempo eterno, y en ese momento se siente en el Reino Milenario del que tanto han hablado con ocasión de estas lecturas. Al iniciar una conversación sobre este estado, Ulrich, en sintonía con su hermana "gemela", reflexiona sobre dos tipos de persona correspondientes a dos modos de vivir las pasiones. El primero es el tipo animal, en el que los sentimientos se descargan puerilmente, de manera abrupta e intensa. El segundo es el tipo vegetal, en el que impera el autodominio y el rechazo de la acción a que arrastra y empuja todo sentimiento. Otras denominaciones posibles para esta dicotomía son el modo mundano frente al místico, el apetitivo frente al no-apetitivo. La oposición de la disposición "vegetal" (por no decir "vegetariana", dice Agathe) frente a la "animal" es la que separa al soñador del realista, y Ulrich la ofrece como un profundo tema de reflexión para los filósofos (entre los que no acepta incluirse). El tipo apetitivo animal de persona lo capta todo con gran viveza, pasa por encima de los obstáculos y parece un torrente. El tipo vegetal se opone a él, es tímido, pensativo, de decisiones difíciles, lleno de sueños y nostalgias. Su pasión está interiorizada. El modo fáustico (en el principio es la acción) es el del hombre con atributos (por ejemplo, Arnheim), con determinaciones y repleto de cualidades; el modo contemplativo pertenece al hombre sin atributos. El primero es un realista y habita el mundo sirviéndose de él como un experto, el otro es un nihilista, que si pudiera suprimiría la realidad. Lo normal, reconoce Ulrich, es que oscilemos entre ambos tipos; pero al mismo tiempo nos indica que el Reino Milenario al que tienden Agathe y Ulrich está sin duda más cerca del temple vegetal que del animal.

jueves, 10 de noviembre de 2016

Platón y el Mito del carro alado

  

    Algunas de las más bellas páginas de la Historia de la Filosofía se las debemos al divino Platón. De hecho, podemos considerarlo el filósofo con un estilo más imperecedero. Tal vez sea por su inclinación primera al teatro, o por haber filosofado en un tiempo de libertad, cuando los géneros y los estilos aún estaban en formación. No obstante, ese virtuosismo literario, que alcanza la cima en sus mitos, tiene hoy una contrapartida frecuente: las falsas representaciones y la vulgarización.
   Cuando se buscan interpretaciones simbólicas del mito del carro (o yunta, o tronco) alado, y su estructura tripartita que conforma el alma humana, no es raro encontrar metáforas supuestamente pedagógicas que nos hablan de un auriga o conductor (para representar el alma inteligible), de un caballo blanco y bueno (alma irascible) y otro negro y rebelde (alma concupiscible). En algunos lugares (especialmente, páginas de internet y libros de texto) incluso se les otorga un lugar concreto en el carro: el caballo negro a la izquierda, el otro a la derecha, o al revés, lo cual roza el esperpento, pues por mucho que se lea el famoso mito del Fedro, no se hallará referencia alguna ni al color ni a la situación de los caballos. No se debe concluir por tanto ningún tipo de racismo ni mucho menos una anacrónica ideología política en el mito. De hecho, dice Platón literalmente que uno de los caballos es "bueno y hermoso" y el otro todo lo contrario. Cuando explica algo más, relaciona la fuerza próxima a lo divino con la cercanía a la bondad, la sabiduría y la belleza, y lo que se aleja de ella con todo lo contrario; pero nada de colores ni situaciones. Por otro lado, si el caballo rebelde está "entreverado de maldad" (como el hermoso lo estará de bondad), no está condenado a ella, pues en caso contrario el sentido del mito tendería al determinismo, y no al camino de perfección que con toda claridad trata de defender Platón a través de su complejo sistema de reencarnaciones y paideia.
   Los ciclos de diez mil años para las reencarnaciones masivas, los mil años que debe esperar cada alma después y antes de cada reencarnación, las tres reencarnaciones sucesivas en filósofos antes de la liberación del ciclo por otros siete mil... Todo eso, aun siendo curioso, es pura anécdota al lado de la tendencia principal del mito, que es una vez más de orden moral.
   Es sabido que Sócrates defendió la relación entre sabiduría y bondad, por lo que la virtud dependería de la sabiduría práctica (y por ello lo consideramos el primer gran teórico de la ética). Al mismo tiempo, solemos repetir el correctivo aristotélico (Ética a Nicómaco, VII) en cuanto crítica definitiva al intelectualismo moral ("intelectualismo eudemonista" lo llama Windelband), asumiendo que la sabiduría no incita por sí sola a la virtud si no se ve acompañada de hábitos prácticos y en suma de una buena y formada voluntad. Pues bien, ¿qué otra cosa defiende Platón con la estructura tripartita de virtudes (prudencia, fuerza, moderación) ligadas al alma humana? El intelectualismo moral en cuanto identificación de conocimiento racional y bondad moral es dudoso que fuera abrazado por Sócrates; pero desde luego ni se aproxima a la teoría ética de Platón, plenamente consciente ya, como lo será Aristóteles, de que el saber racional sin el concurso de los nobles apetitos (por definición no-racionales, es decir, irracionales) no puede ser en exclusiva el fundamento de ética alguna. Por último, la idea de justicia platónica, que comparece también en el mito como armonía del alma, tiene una doble cara, individual y social, y conecta, como es sabido, Ética y Política.
   Curiosamente, el famoso mito del Fedro, que articula una vez más los dos mundos supuestamente antagónicos, nos enseña, en contra del tópico, y en conexión con las páginas correlativas del Banquete, que la sensibilidad es el primer peldaño para el bien y la belleza, aunque para Platón este peldaño no sea el único ni el principal.

martes, 18 de octubre de 2016

Protágoras

   Prácticamente contemporáneos son tres filósofos de la Grecia clásica muy desigualmente conocidos y considerados hoy en día: Demócrito, del que apenas se conservan noticias y fragmentos de una obra colosal, Protágoras, el mayor en edad, considerado el primero de los llamados sofistas y, cómo no,  Sócrates. La lista de obras de Demócrito el atomista es impresionante, pero se han perdido. Se lo tiene por un gran enciclopedista, temido (y silenciado) por Platón y aunque incluido en el grupo de los presocráticos, nació sólo un año antes que Sócrates (según Diógenes Laercio), falleciendo bastante después de él y pasados los cien años. Por su parte, de Protágoras se dice que fue alumno de Demócrito. Sea o no cierta la anécdota de su mutuo conocimiento, merece conocerse tal y como la recoge Aulo Gelio en sus Noches Áticas:
  Se pregunta cuál fue el motivo de que Protágoras se dedicara a la filosofía y cuáles fueron sus primeros pasos. (...)
  Él transportaba desde el campo vecino hasta la ciudad de Abdera, de la que era originario, muchos troncos de leña atados con una cuerda pequeña. Entonces Demócrito, paisano suyo, un hombre venerable a los ojos de todo el mundo por sus virtudes y su filosofía, encontrándose casualmente con él al salir de la ciudad, vio que caminaba fácilmente con aquella carga tan pesada y de difícil transporte; se le acerca, observa con atención el ensamblaje y la colocación de los troncos hecha con gran maña y pericia y le pide que descanse un rato.
  Cuando Protágoras hizo lo que se le había pedido y Demócrito se percató de que aquel montón de troncos, casi un cilindro, atado con una cuerda pequeña, estaba equilibrado por una proporción casi geométrica, le preguntó quién había dispuesto los troncos de aquel modo. Como Protágoras le contestase que había sido él, deseó ardientemente que lo desatara y los volviera a poner de nuevo del mismo modo.
  Sin embargo, después de desatarlos y colocarlos de modo semejante, Demócrito, admirado de la maña y el ingenio de un hombre sin instrucción, le dijo: "Querido muchacho, puesto que tienes un talento natural para hacer las cosas bien, hay cosas mejores y más importantes que puedes hacer conmigo". Y al punto se lo llevó, lo mantuvo a su lado, le pagó un salario, le enseñó filosofía e hizo que fuera lo que después llegó a ser.
Aulo Gelio, Noches Áticas, V, 3.

Salvator Rosa: Demócrito y Protágoras (1663/4)

   Aulo Gelio abunda en la idea de un Protágoras poco de fiar y hábil en los litigios. En efecto, también lo hace Diógenes Laercio, al afirmar que "engendró la raza de los disputadores erísticos"; aunque al mismo tiempo lo reconoce como "el primero que suscitó el modo de dialogar que llamamos socrático" (Diógenes Laercio, IX, 52 y 53). No sería difícil imaginarse a los dos, Sócrates y Protágoras, discutiendo y contrastando argumentos por las plazas de Atenas, y si hace falta un apoyo para la imaginación, podemos recurrir al diálogo platónico a él dedicado, que ofrece una imagen amable del venerable sofista. Por otro lado, sabemos que Protágoras hubo de abandonar Atenas y marchar al destierro por el inicio de su escrito Acerca de los dioses (requisado y quemado en el ágora), donde planteaba desde el inicio que de ellos nada podemos saber, por la oscuridad del tema y porque la vida humana es demasiado corta..., sincera manifestación de agnosticismo que por entonces no se distinguía del simple ateísmo. El propio Sócrates vivirá una situación muy parecida, cuando lo acusaron de ateísmo dada su obediencia al demonio de la filosofía, si bien solventará la encrucijada de un modo antitético, ganándose el eterno respeto de la humanidad, mientras que su colega, tan próximo a él como nos podamos imaginar, ha quedado reducido al tópico de embaucador que enseña a volver fuerte el argumento debil y a debilitar al fuerte, sin darnos cuenta de que en tal estrategia puede reconocerse también un inicio de ironía (incluso socrática) y de análisis de la argumentación más acá de implicaciones éticas. Por otra parte, sabemos que, en el terreno político, Protágoras no defendía el engaño sino la persuasión que conduce a la felicidad ciudadana, pues estar convencido de que las leyes que nos rigen y asumimos son las mejores posibles es siempre deseable para cualquiera.
   Volviendo al campo de la argumentación, se cuenta que una vez fue vencido. Lo relata también Aulo Gelio (V, 10), al cual remitimos. Es la famosa anécdota en que Protágoras lleva a juicio a su alumno Evatlo con el que habría acordado que le pagaría sus clases de derecho cuando ganase algún juicio, pero que no ejercía y por tanto no le abonaba la deuda. La paradoja planteada en el pleito del maestro al alumno, dado que los dos se pertrechan con buenos argumentos para su causa, dejó perplejos a los jueces, que postergaron la sentencia sine die. Quién sabe si el propio Protágoras no propició la situación para demostrar, en su línea, que para todo hay al menos dos puntos de vista, y que para cada problema se puede (y se deben) sopesar los argumentos opuestos.

miércoles, 5 de octubre de 2016

El cine francés y la filosofía


   La reciente película de Mia Hansen-Love, "El porvenir" (L'Avenir, 2016) destaca aún más la buena relación del cine francés con la filosofía, la Philo, como la llaman popular y amablemente. Es una relación respetuosa y en absoluto complaciente, hasta el punto que cuando decimos de una película que es "muy francesa" nos podemos referir a esa libertad para expresar las propias opiniones, ese gusto por el diálogo y las sobremesas, la conversación con amigos y la originalidad personal, ya que en el carácter francés parecen establecidos como dignos valores el auto-estudio à la Montaigne, la reflexión metódica cartesiana y el amor propio rousseauniano.
   Por otra parte, en ninguna otra filmografía del mundo (siendo la española el polo opuesto) encuentran los filósofos, pensadores, o simples profesores, más espacio, mayor presencia. ¿En qué película encontraríamos a un tipo divagando interminablemente acerca de Pascal mientras una guapa mujer desnuda le escucha desde la cama? Pues en una de Eric Rohmer, el mismo director que en uno de sus Cuentos de las Cuatro Estaciones otorga el papel principal a una joven profesora de instituto que nos explica los "juicios sintéticos a priori" en mitad de una cena. Tal vez sea Rohmer ese tipo de director al que apuntan las flechas del arquetipo francés en el cine. 



   También François Truffaut, que ha tenido la osadía de filmar la memoria de Jean Itard sobre el pequeño salvaje de l'Aveyron (L'enfant sauvage, 1970), o de llevar al cine uno de los relatos más filosóficos de Henry James ("El altar de los muertos") en "La habitación verde" (1978), parece dejarse llevar por este río de cine naturalmente escorado a la reflexión y el pensamiento, algo incomprensible para su vecino hispánico (con algunas excepciones, es verdad).



   Hay bastantes directores franceses representantes del cine de autor que o bien dan voz a la filosofía o se embarcan en películas filosóficas: Jean-Luc Godard en "Alphaville" (1965) o Robert Bresson en "Au Hasard Balthazar" (1966) nos dan ejemplos de cine filosófico; el canadiense Denys Arcand en prácticamente toda su filmografía da la palabra a los intelectuales; en el documental "Ce n'est qu'un debut", de Jean-Pierre Pozzi y Pierre Barougier (2010) se defiende llevar la filosofía a los primeros cursos de la enseñanza, hasta Infantil, y en una reciente de Lucas Delvaux (Pas son genre, 2014) nos encontraremos a un profe de filosofía esforzándose por mantener la relación con una chica peluquera (por cierto, una respetuosa tragicomedia, muy digna). 


   Pues bien, en este contexto de mutua comprensión y estímulo entre Cine y Filosofía, el film de Mia Hansen-Love retrata a una mujer de una pieza, profesora de instituto, rondando los sesenta, encarnada a la perfección por Isabelle Huppert, que ve cómo todos los apoyos y también todos los deberes que rodean su vida comienzan a caer cuando su marido la deja, su madre da muestras de perder definitivamente la cabeza, los hijos empiezan a llevar su vida fuera de la casa familiar, la editorial para la que trabaja prescinde de sus colaboraciones... Y ella, sin embargo, se va adaptando, viendo la otra cara de la situación, la libertad que de pronto empieza a disfrutar. No hay vida infeliz para quien ama los buenos libros, vive en una bonita ciudad, mantiene unas buenas relaciones con algunas personas escogidas y sobre todo reconoce que tal vez lo mejor de la vida son las ilusiones, como nos advierte la profesora con una estupenda cita de La Nueva Eloísa, y es que mientras se tienen ilusiones se está a la espera, expectante y a salvo de la decepción.